Las siete maravilla del mundo. I. Los Jardines de Babilonia. Por Juan Cuesta

 

Este artículo fue publicado en la revista madrileña La Aurora de la Vida, el 31 de julio de 1861. Con él Juan Cuesta comenzaba una serie en la que explicaba una a una las comúnmente consideradas siete maravillas del mundo, con un lenguaje sencillo apropiado para un público infantil o adolescente al que estaba destinada la revista. Respetamos la ortografía original del siglo XIX que difiere de la actual, sobre todo en la acentuación.

(Virginia Seguí)

 

Las siete maravillas del mundo. I. Los jardines de Babilonia. Por Juan Cuesta

En Asia, cerca del mar Mediterráneo y del golfo pérsico, entre el Eúfrates y el Tigris, rios que según las escrituras corrian cerca de aquel sitio predilecto, conocido con el nombre de Paraiso, se hallaba edificada una ciudad inmensa, cuyo orígen apenas se descubre en la mayor antigüedad á que pueden remontarse las historias.

Esta ciudad fue Babilonia.

Aquella Babilonia, donde por primera vez se vió reunido el género humano después del diluvio, donde los hombres construyeron la famosa torre del mismo nombre, y de donde confundido su lenguaje salieron para estenderse por todos los ámbitos del mundo.

En una fértil campiña cruzada de canales que ponian en comunicación los dos rios arriba mencionados, aquella ciudad incomparable ostentaba toda su grandeza en una extensión de muchas leguas.

Su forma, perfectamente cuadrada, estaba guarnecida de una fuertísima y elevada muralla, por cima de la cual podian correr seis carros de frente. Tal era su anchura.

Cortada en dos mitades por el Eúfrates, que la atravesaba de parte á parte, surcada además por una red de canales que venian á desembocar en el rio, Babilonia, era por esto solo, la ciudad mas alegre y pintoresca del mundo.

Dotada del clima más apacible, de un cielo despejado y de una tierra fecundísima, era sin disputa la que contaba con mas elementos de riqueza que ningun otro pueblo de la tierra.

La reina Semíramis, que fue quien mas contribuyó á hermosearla, la llenó de palacios, de todas clases, cuya memoria se conserva en la historia para asombro y humillación de las generaciones presentes

 

Para prevenir las inundaciones á que hubieran podido dar luz las avenidas del rio en las épocas del deshielo de las nieves ó de las grandes lluvias, esta misma reina habia  mandado construir un cáuce, ó foso profundo y bastante ancho para que el agua no pudiese nunca rebosar ni invadir a la poblacion.

Sobre este cáuce construyó un puente magnífico, que ponia en comunicación las dos partes de la ciudad, y por debao del rio hizo también fabricar un camino subterráneo de doce pies de altura y cinco de ancho, cerrado por grandes puertas de bronce.

Esto hizo ya Semíramis en Babilonia. Nada, pues, debe admirarnos el que ahora nuestros ingenieros construyan túneles para atravesar las montañas, ni que la ponderada Lóndres haya abierto una calle por debajo del Támesis.

Las casas, en vez de tejados, estaban cubiertas de caprichosos terrados sembrados de flores, arbustos y plantas aromáticas; y el agua de los canales, merced á innumerables bombas y máquinas destinadas al servicio público, ascendia á toda la altura necesaria para regar aquella multitud de jardines y alimentar los surtidores de millones de fuentes que refrescaban la atmósfera y llenaban el aire de una frescura embalsamada por los mas delicados perfumes.

Difícilmente puede la imaginacion figurarse una vista mas peregrina que la que ofrecería aquella ciudad de diez y ocho leguas de extensión, cortada por calles anchas y rectas, cruzada de rios y canales, guarnecida de fuertes murallas, salpicada de magníficos palacios, estátuas, surtidores y juegos de agua de una esplendidez inimitable.

La ciudad toda era una inmensa maravilla, si en medio de tantas bellezas no se hubiera dado este nombre á los jardines de Semíramis aun mas ideales y suntuosos.

Imposible es dar una idea, ni remota de tanta hermosura.

Figuráos un inmenso recinto, construido en forma de anfiteatro y rodeado de columnas cuadradas de ladrillo, rellenas de tierra suficiente para alimentar grandes árboles. Sobre estas columnas se apoyaba un terrado, también circular, lleno igualmente de toda clase de flores y plantas y que á su vez estaba guarnecido de otras columnas que servian de macetas á otro órden de árboles, escalonando así una serie numerosa de jardines y terrados circulares hasta una extensión de muchas millas. Figuráos ahora todos estos jardines escalonados, cuajados de estatuas, de reclinatorios, de fuentes, y de las mas caprichosas flores del mundo. Figuráos además una porcion de máquinas para hacer subir el agua á las mayores alturas, así como también para subir las personas sin necesidad de fatigarse de una plataforma á otra, y empezareis á vislumbrar algo de lo que debia ser aquella maravilla, cuya memoria hace todavía estremecer de entusiasmo á todo el que tiene gusto por las bellezas del arte y de la naturaleza.

 

Allí las grutas silvestres, los escondites misteriosos, las estatuas de las divinidades que se adoraban en aquellos tiempos, los surtidores secretos, y los estanques llenos de peces y aves acuáticas, con sus embarcaderos y sus elegantísimos esquifes; allí las frutas mas delicadas y las flores mas encantadoras, allí las armonías misteriosos de orquestas que se escondian en los secretos de aquel mágico recinto y que llegaban al oido débiles y voluptuosas como armonías celestiales desprendidas de aquel cojunto de todo lo mas hermoso, de todo lo mas bello, de todo lo mas encantador que había podido reunir el fasto oriental.

Triste es lo que me resta que decir para terminar esta artículo; pero ello sirve para darnos un ejemplo de lo poco que valen todas las grandezas humanas.

De aquella ciudad inmensa de todas aquellas mansiones deliciosas, de todos aquellos palacios y jardines, no quedan hoy mas que ruinas. Las maldades, los vicios y el desenfreno de los hombres, trajeron sobre sí las iras del cielo, y las que creian obras indestructibles y eternas, fueron para siempre borradas de aquel suelo de maldición.

Los presagios de Isaias, hechos en los tiempos en que Babilonia florecia aun en toda su arrogancia, tuvieron un exacto cumplimiento. <El Señor y los instrumentos de su cólera vienen de tierras remotas, les decía: vienen desde el estremo del mundo para destruirte. Llorad, porque el dia del Señor está cercano: Babilonia, aquella gloriosa entre los reinos, que es la soberbia y el orgullo de los caldeos, será destruida como Sodoma y Gomorra. No será nunca reedificada: de generacion en generacion no será nunca mas habitada, ni pondrá allí tiendas el de Arabia, ni harán en ella majada los pastores, sino que reposarán allí las fieras, y en sus palacios habitarán todas la alimañas del desierto; la abubilla fabricará allí su nido, y el avestruz saltará sobre los templos del deleite>.

 

 

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